miércoles, 17 de octubre de 2012

a Quién la Gloria


“¡Gloria a Dios en las alturas…!”

Evangelio según Lucas 2, 14

(Traducción La Palabra)

 

En este período de navidad, en el cual nuestra sociedad moderna se afana por los regalos a quienes aman, en una competencia de quién da el mejor regalo, o bien, cuántos regalos podemos dar; conviene pensar en qué es realmente lo que celebramos.

Para el mundo en general es una festividad de carácter religioso. Aun cuándo sus origen es netamente pagano. Sin embargo, no para todos tiene ese carácter religioso. La postmodernidad ha hecho de esta fiesta un período de consumo que raya en la locura. Todos luchan por la manera de aumentar los créditos y cupos de las tarjetas de las multitiendas que, ni por un minuto, rehúsan la posibilidad de tentar más y más a sus clientes.

Claramente también los cristianos, a veces, nos desenfocamos en cuanto a la fecha: celebramos el nacimiento de Jesús. Sin embargo, ¿es eso lo que debemos celebrar? El cántico del ángel es decidor para centrarnos en la atención de cuál es el significado de estas fiestas. El versículo diez el capítulo dos dice lo siguiente: “…vengo a traerles una buena noticia, que será causa de gran alegría para todo el pueblo…”. Esa en realidad la orientación de la fiesta: una gran noticia. ¿Cuál es esa noticia? El versículo siguiente nos lo dice: “en la ciudad de David les ha nacido hoy un Salvador, que es el Mesías, el Señor”.

El verdadero sentido cristiano de la navidad es festejar que Dios se acordó de la humanidad. Este Dios todopoderoso y santo hizo realidad su promesa de redención. La alegría cristiana es por el nacimiento de quien va a salvar y redimir a la humanidad. Quizás no son tan importantes los regalos. De hecho los regalos traídos al niño reflejan simbólicamente su propia dignidad. Es una imagen más teológica que enfatiza quién es, la misión del niño y la adoración como deidad, más que la acción propia de mostrar afectos  a través de los regalos. 

Esta navidad, como todas las que vivimos todos los años, no sea tan solo un devenir y afán por comprar regalos. Baste un pequeño presente de afecto y centrémonos en conmemorar y reflexionar sobre el sentido profundo del amor de Dios para con el ser humano, cantando al coro de ángeles: ¡Gloria a Dios en las Alturas!

No podemos olvidar que el niño que nace es Dios mismo encarnado. Asimilado a nuestra naturaleza en un acto generoso de amor pleno, de misericordia y de, fundamentalmente, una acción salvífica para la humanidad.  ¿A quién la Gloria? Pues simplemente al Dios todopoderoso y su generoso amor. No a nosotros, ni al sistema, ni a los regalos… simplemente a Dios quien hizo posible, a través de este nacimiento, la salvación del hombre.

Dios les bendiga.

jueves, 12 de abril de 2012

Un grito a la humanidad

“¿Quién ha dicho que tú eres mejor que los demás? Todo lo que tienes, Dios te lo ha dado. Entonces, ¿por qué presumes como si lo hubieras conseguido tu mismo?”.

Primera Carta a los Corintios 4, 7

(Traducción Palabra de Dios para Todos)

Una de las genialidades del apóstol Pablo, es haber observado la condición de la Iglesia, en lo particular de Corinto, y decir aquello necesario sin tapujos ni medios al qué dirán. El texto propuesto es una prueba de ello.

Las palabras del apóstol están circunscritas en el ámbito de la polémica contra la Iglesia en cuanto a defender su ministerio. Él ha sido denostado y por tanto se defiende de sus acusadores y les lanza lo que, a mi juicio, es punto crítico de la controversia: el orgullo de los creyentes.

Lo anterior sucede en los primeros años del cristianismo y mil novecientos años después seguimos con el mismo problema del orgullo. Quizás los matices son diferentes, pero al fin y al cabo el orgullo sigue siendo un factor de desunión entre los creyentes. Que si son de tal o cuál que se denomina profeta, que si son o no de una denominación de tradición, que nosotros si y ellos no son los “verdaderos” descendientes de tal o cual, son discursos que se suelen escuchar cuando hablamos de ser un solo cuerpo de Cristo.

La pregunta de Pablo ¿Quién te ha dicho…? Me parece genial. Ciertamente muchas veces no lo ha dicho nadie, sólo nuestro propio “orgullo”. En una perspectiva global, en una mirada más amplia, nadie puede decirse que uno es mejor que el otro. Esto parece obvio, pero la realidad nos muestra que esto no es así. Somos presumidos de lo que logramos, pero perdemos el sentido último de ello: es sólo pura y simple gracia de Dios para nuestra vida.

El orgullo nos nubla el juicio. Dios, a través de Pablo, nos habla desde la humildad. La humildad obliga al creyente a entender que nos hemos conseguido, absolutamente nada. Ni siquiera nuestra propia vida. Menos aun la salvación. De allí que las demandas de Pablo y por extensión del Señor a su pueblo, es a volverse humildes para con Dios y para con los hermanos en la fe.

Pablo da ejemplos de su humildad en los versículos siguientes en contrapunto con la actitud de los creyentes hacia su apostolado. Esa debe ser también nuestra actitud: dar muestras de humildad. Reconocer al otro porque es hermano en la fe, reconocer el ministerio que Dios le ha entregado conforma a la Escritura y respetar las diferencias doctrinales es parte de una actitud de humildad.

Nadie es superior al otro. Nadie ha conseguido algo en el reino de Dios por se él mismo. El ministerio, las sanidades, los dones, son obra de un Dios, un Señor y un Espíritu. Nadie tiene el derecho de menospreciar al hermano que no sabe nada de la palabra pero, nadie tiene el derecho, tampoco, de denostar en publico, desde el púlpito a quién tiene estudios teológicos. Para ambos, Dios lo ha decidido así. Es Él mismo Señor que ha permito lo uno y lo otro. En ambos el Señor se glorifica.

¿Quién te ha dicho…? Es un llamado de atención a la conciencia de cada uno para que influyamos en cada creyente para comprender que la fe es mucho más que una denominación o un don más o menos. La fe es el regalo de mayor valor que cualquiera de nosotros pudiera haber recibido. Demos la gloria al Señor derribando esa barrera que nos separa: El orgullo.