jueves, 12 de abril de 2012

Un grito a la humanidad

“¿Quién ha dicho que tú eres mejor que los demás? Todo lo que tienes, Dios te lo ha dado. Entonces, ¿por qué presumes como si lo hubieras conseguido tu mismo?”.

Primera Carta a los Corintios 4, 7

(Traducción Palabra de Dios para Todos)

Una de las genialidades del apóstol Pablo, es haber observado la condición de la Iglesia, en lo particular de Corinto, y decir aquello necesario sin tapujos ni medios al qué dirán. El texto propuesto es una prueba de ello.

Las palabras del apóstol están circunscritas en el ámbito de la polémica contra la Iglesia en cuanto a defender su ministerio. Él ha sido denostado y por tanto se defiende de sus acusadores y les lanza lo que, a mi juicio, es punto crítico de la controversia: el orgullo de los creyentes.

Lo anterior sucede en los primeros años del cristianismo y mil novecientos años después seguimos con el mismo problema del orgullo. Quizás los matices son diferentes, pero al fin y al cabo el orgullo sigue siendo un factor de desunión entre los creyentes. Que si son de tal o cuál que se denomina profeta, que si son o no de una denominación de tradición, que nosotros si y ellos no son los “verdaderos” descendientes de tal o cual, son discursos que se suelen escuchar cuando hablamos de ser un solo cuerpo de Cristo.

La pregunta de Pablo ¿Quién te ha dicho…? Me parece genial. Ciertamente muchas veces no lo ha dicho nadie, sólo nuestro propio “orgullo”. En una perspectiva global, en una mirada más amplia, nadie puede decirse que uno es mejor que el otro. Esto parece obvio, pero la realidad nos muestra que esto no es así. Somos presumidos de lo que logramos, pero perdemos el sentido último de ello: es sólo pura y simple gracia de Dios para nuestra vida.

El orgullo nos nubla el juicio. Dios, a través de Pablo, nos habla desde la humildad. La humildad obliga al creyente a entender que nos hemos conseguido, absolutamente nada. Ni siquiera nuestra propia vida. Menos aun la salvación. De allí que las demandas de Pablo y por extensión del Señor a su pueblo, es a volverse humildes para con Dios y para con los hermanos en la fe.

Pablo da ejemplos de su humildad en los versículos siguientes en contrapunto con la actitud de los creyentes hacia su apostolado. Esa debe ser también nuestra actitud: dar muestras de humildad. Reconocer al otro porque es hermano en la fe, reconocer el ministerio que Dios le ha entregado conforma a la Escritura y respetar las diferencias doctrinales es parte de una actitud de humildad.

Nadie es superior al otro. Nadie ha conseguido algo en el reino de Dios por se él mismo. El ministerio, las sanidades, los dones, son obra de un Dios, un Señor y un Espíritu. Nadie tiene el derecho de menospreciar al hermano que no sabe nada de la palabra pero, nadie tiene el derecho, tampoco, de denostar en publico, desde el púlpito a quién tiene estudios teológicos. Para ambos, Dios lo ha decidido así. Es Él mismo Señor que ha permito lo uno y lo otro. En ambos el Señor se glorifica.

¿Quién te ha dicho…? Es un llamado de atención a la conciencia de cada uno para que influyamos en cada creyente para comprender que la fe es mucho más que una denominación o un don más o menos. La fe es el regalo de mayor valor que cualquiera de nosotros pudiera haber recibido. Demos la gloria al Señor derribando esa barrera que nos separa: El orgullo.